Se dice que a las primerizas se les puede adelantar el trabajo de parto hasta dos semanas… o incluso retrasárseles el mismo tiempo. Desde que oí eso, siempre tuve la idea de que se daría el primero de estos casos en mí y que mi hijito nacería justo a tiempo para que su tía Toki (quien regresaba a los EUA a fines de febrero) lo pudiera conocer.
Mi cuñada Toki partió con mis sobrinitos Thomas y Alex hacia Detroit sin haber podido conocer a mi hijo, quien no nació en la semana 38 ó 39 como yo había esperado. Mi ginecóloga ya me había advertido que ella no consideraba saludable esperar más de las 41 semanas. En el caso de llegar a la semana 41 sin ninguna novedad, ella inmediatamente me induciría el parto. Por mi parte, como consideraba que mi barriga no era tan grande como la de otras mamis que he visto, no tenía tanto apuro en que naciera mi hijo porque no significaba un peso insoportable.
Sin embargo, los días pasaban y no había indicios de que mi hijo estuviera preparado (fisiológicamente) para nacer. Entramos a marzo, pasamos sin dificultad su FPP (fecha probable de parto, que era el 2 de marzo) y, por supuesto, tampoco “encajaba” su cabecita. Es decir, yo seguía con la panza arriba. Lo preocupante era que el bebé no se sintiera listo para nacer a pesar que había sobrepasado las 40 semanas, pues ello podría significar algún problema con él, el cordón, la placenta u otros. Algo ya me estaba diciendo que yo me iría de largo hasta la semana 42, cosa que no era la más saludable pues el bebé seguiría creciendo, dificultando así la labor de parto.
El día domingo 8 de marzo, amanecí con cólicos. Sucede que la noche anterior nos mandamos un atracón en familia, cuando salimos a festejar el cumpleaños de mi hermano David. Comimos tan rico, que atribuí los dolores en el vientre a un problema digestivo. Pero luego apareció una señal inminente: perdí parte del tapón mucoso. Hasta entonces me habían explicado cómo luce, pero no imaginaba cómo era en realidad. Pero apenas lo vi, ya no tuve dudas de que el momento estaba muy cerca. Entonces, empecé a atar cabos sueltos. ¿No sería que mis cólicos (supuestamente de gases) eran en realidad contracciones?
Como madre primigesta, no tenía ni la más remota idea de cómo se sentía una contracción. Con el transcurrir de las horas me convencí de que los cólicos eran contracciones aún irregulares. Estuvieron presentes durante todo el día, aunque sin causar mayores molestias. La noche del domingo, ya cerca del cambio de fecha a lunes, empecé a sentir dolores más intensos. Mi idea era descansar, dormir todo lo que pudiera (mientras pudiera) hasta que llegara el momento adecuado para ir a la clínica. Pero el dolor hacía imposible poder conciliar el sueño. Fue entonces que se me rompió la fuente, y no me quedó otra opción que ir pronto a la clínica para ser atendida y monitoreada por personal especializado.
Ya allí, me confirmaron que estaba en dilatación dos, así que empezaron a monitorear mis contracciones y las pulsaciones del bebé, ajustando a mi barriga dos dispositivos con un par de bandas elásticas muy ajustadas que no hacían otra cosa que aumentar la incomodidad. Las horas pasaban y el dolor era cada vez peor, lo cual me hacía presumir que yo ya estaría en dilatación ocho o nueve… para mi sorpresa, no había pasado de dos y ya la consideraba muy dolorosa. Cuando avancé a dilatación tres, pedí la epidural. Ése fue otro pequeño martirio. Alguien alguna vez me dijo que no dolía… a mí sí me dolió e incomodó mucho, pero al menos después me permitió relajarme por un par de horas. Como debía permanecer de cúbito dorsal inmediatamente después de su aplicación (para asegurarse que la anestesia circulara de manera uniforme), nuevamente sufrí el síndrome de hipotensión supina con la consecuente alarmante disminución pronunciada del ritmo cardiaco de mi bebé (nuevamente, a mucho menos de la mitad). Ya con cierta experiencia en el tema, dados los episodios anteriores durante mis dos últimas visitas al ecografista, simplemente optamos por cambiar mi posición (sobre mi costado izquierdo) para que todo se reestableciera poco a poco.
Las horas avanzaban y no tenía otro consuelo que la presencia de mi esposo, quien se quedó las trece horas conmigo sin separarse de mí y casi sin probar alimento. Más allá, en otros ambientes, mi mamá permanecía atenta a cualquier información que alguien pudiera brindarle mientras esperaba sentada en un sillón incomodísimo (¡pobre espalda!). Como a muchas otras mujeres les habrá sucedido, durante la etapa dolorosa sentí rechazo a que mi esposo me hablara o tocara, como si inconscientemente estuviera culpándolo por no poder compartir físicamente tanto dolor conmigo. Pero el solo hecho de saber que él estaba a mi lado, era suficiente para no sentirme tan sola con tanta carga a cuestas.
Los últimos momentos fueron los peores. Fue ahí cuando recibí el refuerzo de la epidural y mi ginecóloga ayudó al bebé a girar para ponerse en la posición adecuada para el parto. Fui llevada a sala de partos en medio de un mar de dolor tan insorpotable, que sentía que moriría o me desvanecería en cualquier momento. Cuando me dieron la indicación de pujar fuerte, lo hice con todas mis fuerzas (a pesar del intenso dolor), sólo para que mi hijo pudiera salir en la menor cantidad de pujos posibles y aliviar el sufrimiento cuanto antes. Mucho (o tal vez todo) dependía de mí. Y así fue; no los conté (porque mi mente estaba en otro sitio), pero mi esposo sí. Daniel Ken salió a la tercera.
Mi ginecóloga estaba bastante satisfecha pues mi hijo salió de mi vientre con su agenda bien programada. Justo el mismo día que cumplí las 41 semanas de embarazo, él se decidió a nacer. Es más, también estaba contenta porque la labor de parto duró 13 horas, cumpliendo todas las etapas exactamente en los tiempos previstos. Ya con el correr de los días, mi hijito nos volvió a asombrar con su agenda súper programada: Justo el día que cumplió su primera semana de nacido, su cordón umbilical se desprendió.
Este muchachito va a ser muy detallista de grande (mi ginecóloga dice que será científico). Si bien nació calatito, no olvidó traer bajo el brazo su agenda con cálculos precisos de todos sus tiempos. Y sí que los hace cumplir, porque todo lo tiene bien calculado.