El primer gran susto a los 7.5


A los siete y medio meses de embarazo, papá Maki y mamá Airin nos llevamos un gran susto.  El viernes 16 de enero me tocaba ecografía para poder ver el desarrollo del bebé y oír la reconfirmación de que nuestro bebé sería niña.  En vista que en la época de mi mamá no había ecografías, la invité a acompañarnos para que pudiera ver cómo es una ecografía y ver a su nieta en pantalla.

Para sorpresa general, el ecografista nos informó que se trataba de un niño y no una niña.  Automáticamente se nos derrumbaron a todos varios esquemas mentales y proyectos, pues en realidad habíamos estado preparándonos para la llegada de una “Daniel+a”, y no de un “Daniel”.  Al principio creí que, dada la amistad y confianza entre Maki y Raúl (el médico ecografista), éste último pudiera estar jugándonos una broma; sin embargo, todo hacía indicar que no bromeaba (su rostro y el tono de su voz lo confirmaban).

Desde temprana edad, he tenido problemas con la columna vertebral, lo cual me dificulta adoptar algunas posiciones que para otras personas podrían resultar cómodas.  Una de las posiciones más dolorosas para mí (y principalmente DURANTE el embarazo), es el estar echada de cúbito dorsal.  Eso me hace sentir agudos hincones en la cadera que casi me imposibilitan moverme.  Como en toda ecografía gestacional que se practica, la madre se ubica sobre la camilla de cúbito dorsal para permitir al médico examinar con facilidad toda el área de la barriga.  Minutos después de oír que nuestro bebé sería niño, empecé a sentirme mal.  Ojo:  no digo que fuera producto del impacto de la noticia, sino que ya había pasado un par de minutos desde que me había recostado y estaba por aparecer cierto “síndrome”.

No sólo me sentía mal, sino RECONTRA mal.  La presión empezaba a bajárseme, pero trataba de sacar fuerzas en vista que estaba en plena ecografía y Raúl quería ver detalles del rostro del bebé.  Cuando sentía que ya no aguantaba más, le dije a mi esposo que la presión se me había bajado.  Empecé a sudar frío, litros y litros de sudor emanaban por todos mis poros, tenía mareos, ganas de devolver mi desayuno (leche con cereal) y de usar el baño.  Me estorbaba todo, incluyendo mi propio cuerpo.  No sabía dónde dejar mis brazos, ni qué hacer con ellos.  Era tal el malestar, que ya no podía seguir viendo a mi bebé moviéndose en pantalla; sino que opté por cerrar los ojos y ahorrar un poco de energía.  Para acrecentar el malestar, el aire acondicionado del consultorio estaba funcionando a toda máquina y sentía que me helaba.

Inexplicablemente, los malestares eran cada vez peor.  Raúl siguió monitoreando al bebé y en un momento dado dijo que la frecuencia cardiaca del bebé estaba bajando por debajo de las 100 pulsaciones por minuto.  Eso nos asustó a todos, pues la madre en algún momento iba a sobreponerse de un “bajón” de presión, pero no esperábamos que dicho malestar pudiera afectar de manera tan negativa al enanito que estaba dentro de mí.  En todos mis controles durante el embarazo, el bebé siempre había gozado de buena salud y mantenido un ritmo cardiaco óptimo (144 – 152 pulsaciones por minuto).  Por eso, grande fue el susto cuando Raúl comentó entre dientes que el ritmo cardiaco del bebé seguía bajando y ahora estaba bordeando los 60.

Mi esposo, celular en mano, llamó inmediatamente a mi ginecóloga, quien pidió conversar con Raúl para hacerle preguntas claves:  “¿La mamá está sangrando?  ¿Está perdiendo líquido?”.  Felizmente, las respuestas a ambas preguntas eran negativas.  Raúl pidió a su asistenta que llamara a algún ginecólogo (quien fuera, cualquiera, pero alguno que estuviera atendiendo ese día por ahí, ¡¡¡pero rápidoooo!!!), que trajeran oxígeno y suero para reestablecerme.  Para quien se siente mal, los segundos se hacen demasiado laaaargos.  Yo seguía postrada, con los ojos cerrados, moviendo los brazos de arriba hacia abajo como esperando encontrar dónde colocarlos sin que me estorbaran, sintiéndome mal y muy probablemente al borde de desvanecerme.  Normalmente, mi presión arterial es baja (100-60); pero en ese momento, seguro había bajado a 50-10 ó algo así. Mi bebé llevaba la peor parte:  en un momento dado, ¡¡¡su frecuencia cardiaca había llegado a bajar hasta las 57 pulsaciones por minuto!!!  Demasiado baja para un bebé (mucho menos de la mitad de lo normal), e inclusive baja hasta para un adulto.

Varios minutos después, ingresó al consultorio un ginecólogo que atendía consultas ese día.  Tras hacer un par de preguntas, sugirió que me cambiaran de posición.  Hasta el momento, había estado echada de cúbito dorsal, así que me ayudaron a recostarme sobre mi lado izquierdo.  Cual si fuese magia, rápidamente empecé a “retornar al mundo de los vivos”, a dejar de sudar, a sentir menos mareos, a recuperar mi color, a ver menos estrellitas y asteriscos fosforescentes frente a mis ojos.  Estando de costado, Raúl siguió monitoreando los latidos del bebé, que lentamente fueron subiendo desde 57 hasta llegar, minutos después, a su ritmo normal de 144.

Lo que yo había experimentado, fue el síndrome de hipotensión supina.  Este síndrome se da en mujeres embarazadas que, al echarse repentinamente de cúbito dorsal, pueden llegar a sufrir el aplastamiento de vasos sanguíneos, arterias y venas debido al peso del útero.  Eso hace que la presión arterial disminuya y se dé el cuadro que acabo de mencionar.  Simplemente, fue un problema de índole posicional.

Felizmente, nos confirmaron que, a pesar que el bebé había bajado a menos de la mitad su ritmo cardiaco, no habría ninguna secuela en él.  El enano siguió moviéndose de manera normal dentro de mi útero durante todo ese episodio.  En otras palabras, a pesar que la madre se sentía muy mal, el bebé buscó protegerse de la situación y por eso bajó su ritmo para adecuarse a las circunstancias.

El resto del día no me sentí con ganas de nada y preferí descansar en casa (como que las energías se me habían desvanecido y seguía asustada).  Este episodio nos sirvió de experiencia a TODOS.  Pero mi hijo es fuerte y nos enseñó que, ante situaciones adversas, hay que saber “ahorrar recursos” (un buen principio de la logística).  Me encantaría que, dependiendo de las circunstancias, él pudiera conservar en cierto modo esa costumbre aun de grande.

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